La materia en el
teatro de Alberto Villarreal
Por Ilya Semo
Se ha descuidado el carácter
propiamente material del significante: la tinta seca de mis notas, el oxígeno
de la conversación, la madera apolillada de la cruz. Todo símbolo remite a
algunas condiciones físicas de su aparición, esta cuestión es importante, sin
embargo, aquí más que detenernos en identificar esa física del lenguaje,
queremos señalar la hendidura de lo físico en lo metafísico que el lenguaje
pone en comunicación. Los estoicos descubrieron la parte singular, la parte incorpórea
del lenguaje. El ejemplo es célebre, un griego habla con un bárbaro, el
bárbaro balbucea entre otras cosas el vocablo kyne (perro), ambos saben reconocer el sonido, ambos saben lo que es un
perro, y a pesar de eso no logran entenderse. Para hablar, entonces, debe haber
algo más que el sonido (materia del
significante) y la cosa a la que se refiere, algo intermedio quizás,
evanescente e inmaterial: el significado incorpóreo, efecto traslúcido de la
materia. El ejemplo que nos ofrecen los estoicos alcanza resonancias amplias en
el teatro, espectador y actor, griego y bárbaro, reinician su experimento, en
su mutua incomprensión redescubren ese elemento de sentido suprasensible una y
otra vez. Sin embargo, ahí lo inmaterial del lenguaje ha de ser fundado a costa de la mera fricción entre sonido y
cosa. Ahí la materia no deja de guardar silencio por el bien de un significado
fijo. Hay material del significante pero no significante material. Alberto
Villarreal hace danzar el límite entre esos dos horizontes, el significante
material recobra su voz en el
material del significante: “Aquí, en este punto, silbante, una serpiente
clavada al oído. Silbar es ya una palabra y es ya una pesadilla. Crimen apenas
sonoro, la palabra es un fantasma que se desinfla bajo su sábana negra”. Habla
que sucede a través de la palabra no por medio de ella, la ranura y la perfora.
Y no se refiere sin embargo a la simple voz de los objetos. Cuerpo, palabra y
sonido cristalizan un paralaje, las coordenadas que los entrelazan se desplazan
al tiempo que definen su relación. Dos obras de Villarreal La Pasión de la materia y El
lado B de la materia cuestionan ambas el anonimato de lo físico en el
problema del sentido. Pero a todo esto ¿qué nos importa a nosotros reavivar un
significante material? Y antes de llegar ahí, ¿de qué materiales disponemos?
Los materiales en las obras de
Villarreal operan, sin andarse con metáforas, como corrientes de sentido. Villarreal
confecciona electricidades que perforan el lenguaje. En El lado B
un circuito de gestos faciales se activan en paralelo a la
estimulación de una carga producida por el actor que tiene la palabra. Las
pausas se vuelven cortes de descarga. La intensidad deja rastros inaudibles de
discurso. En La Pasión, en cambio, tenemos un cableado de enunciación de
consignas-protesta que se emiten al público en una serie. Hay grados de descarga. Circuitos en paralelo y circuitos en serie. El espectador de este teatro es
espectador-grafito, conductor natural. Era ya usual en el teatro de Villarreal
ver que saliera una pareja, mirará de fijo al público e interrumpiera el
silencio. Aquí la pareja está traspasada por la electricidad de uno que habla, y al
hablar induce al otro un electroschock.
Electricidades, cargas, todo un juego de circuitos y cableados, resistencias y
conductores, se distribuye por un metaescenario lingüistico de palabras
perforadas por materiales. Ellos se hacen patentes en el cuerpo ahora
constituido por lenguajes horadados. Estas “palabras” se han sentido “como
balas” (de hecho un personaje hace como si disparara), pero así hay todavía
demasiada metáfora, gestualidad, al contrario, las palabras se hayan agujeradas.
Y deliran, todos deliran. Por delirio queremos
entender una locura muy elemental, quizás, la de ensayar palabras, para
Villarreal el carácter de ensayo es crucial y siempre como ejercicio de
diferencia, de singularidad, de “entre”. Delirio: ensayo del verbo desconocido,
sin finalidad ni principio. Sin dejar a un lado que éste no es más que parcialmente aprehensible por
el puro lenguaje, o mejor, que utiliza como máscara un lenguaje desnudo. “¿A fin
de cuentas, qué dice el sujeto, sobre todo en cierto período de su delirio? Que
hay significación. ¿Cuál?, no sabe.” (Lacan) Palabra horadada, agujerada,
penetrada, hueca, en función de todas las formas de escurrimiento y derrame.
Precisamente, hay que agotar todas las formas de derrame hasta hacer indescriptible
por palabras la hiancia significativa del significante material. Sujeto boquiabierto, mudo y lleno de
significado a la vez. La hiancia lacanianna siempre está boquiabierta. Como sorprendida de una realidad inaudita. Por esa hiancia, abierta de par en par, pasan y se modulan las corrientes de energía eléctrica que incorpora un materialismo del delirio, con todo y su terapia del shock. ¿Qué significa el delirio sino la apropiación del
lenguaje por la materia?
La Pasión en el Vacío
“La costumbre nos hace olvidar la
condición de los fenómenos en cuanto fenómenos”1 y así destierra de lo
cotidiano la potencia de experimentar algo más allá de ellos. Por eso el
teatro, en tanto que falsedad extraordinaria, recuerda que el fenómeno no es otra cosa sino
fenómeno y como tal, su sentido manifiesta lo suprasensible que hay en
él. En este caso, aquel sentido se experimenta al salir del teatro como momento
de reapropiación de lo real. El teatro reúne lo que el Espectáculo
mediático ha separado, porque el teatro genera el vértigo de haber perdido la
realidad, mientras que el Espectáculo pretende hacerla infinitamente accesible.
En otras palabras, el teatro hace fenomenología. En La
pasión parte de la escenografía
dispone de unas sillas vacantes, la actriz nos dice “el público podrá
ocuparlas, un mal gesto para combatir la inmovilidad social”. Estas vacancias
sirven para intensificar la condición fenoménica de los acontecimientos en un
teatro, mientras se aumenta la movilidad se reduce más y más la ilusión
costumbrista de lo real. Los espectadores devienen fenomenólogos
críticos. Ni siquiera es necesario que el público se mueva de su sitio, que
se recorra arriesgándose a entorpecer la escena, el hecho de que haya butacas
vacantes patentiza potenciales de desplazamiento que refuerzan la actividad
fenomenológica del teatro. Ya en El lado B, tan sólo a un teatro de
distancia, la cosa admite su repetición como enésima potencia: el panorama entero son los asientos vacíos de un teatro, vistos desde el fondo
del escenario. Delirio no verbal de los espacios transitables, espacios antiguamente
confiscados, se trata del delirio material del vacío. ¿Por qué el poder
insiste en enajenar los espacios vacíos llenándolo todo de mercancías y
espectáculos? Los espacios vacíos son sitios favorables para los
acontecimientos, desordenamientos anárquicos y accidentales de materia. El escenario es un espacio vacío por excelencia. Pero también vaciar el significado, hacerlo aire agujerado para que la materia penetre y se
desordene ahí donde pone al propio pensamiento en juego. A esta altura, ya no
se deduce el sentido a partir de la fricción de dos cuerpos, sino que la
materia viva surca las posibilidades del sentido. Pura palabra-butaca plena de
materia, signo coronado.
La anarquía de los significantes
no constituye, sin embargo, un océano del malentendido. El malentendido no es incomprensión
lingüística. Hay que recuperar del canon teatral el concepto de malentendido como la falta
de acontecimiento. Es usual que en una comedia clásica haya un
malentendido, o una serie de ellos y que se resuelvan casi siempre al final con
algún suceso mágico o impredecible, (v.g., Euclión encuentra su olla robada).
Lo que es tan gracioso de la comedia es que nadie alcance a ver a través de los
malentendidos, hasta resolverse ellos en un acontecimiento. El delirio es
despertar del acontecimiento en el pensamiento. Es imposible calcular a qué acción conducirá el delirio, pero por suerte nunca es rentable. En otra obra de
Villarreal, se ensaya esta coordenada (no)-delirante: “Yo termino cosas y nunca
inicio nada, por eso no soy peligroso” (Desierto bajo escenografía lunar). Hay que trazar el plano del delirio entre los
ejes de coordenadas que van de una paranoia por el inicio-catástrofe a la consolación
del término-demolición. Si en esa misma obra se insiste “Dios no es paranoico”
es porque no teme a ningún comienzo por más catastrófico que pueda ser.
Guattari señalaba una otredad
radical en el concepto de psicosis. No obstante, esta oportunidad de actuar
fuera de la “justa medida” no es exclusiva de un loco ancestral fetichizado,
por el contrario, todo deseante es un delirante, o mejor “la psicosis puebla
todas las formas de normalidad” (Guattari). Y no se trata de “normalizar” el
delirio, el escenario abre un espacio para hacer delirar a la materia,
sumergirla en caosmos, cercenar los axio-lenguajes que podrían ponerla en
segundo plano. El delirio desorienta toda dialéctica, un materialismo del
delirio está lejos de ser materialismo dialéctico. El materialismo dialéctico
consiste en negar el material que significa a una clase (v.g., la
destrucción de la fábrica), el delirio materializa la inexistencia de las
clases. Aunque el concepto de trabajador de Marx es ya el de un individuo
constantemente al borde del delirio y la pérdida del principio de realidad: “El
trabajador tiene sin embargo, la desgracia de ser un capital viviente y,
por tanto, menesteroso, que en el momento en que no trabaja pierde sus
intereses y con ello su existencia.”(Manuscritos del 44) Marx supuso el
delirio.
El lado B de la materia
La materia es
incapaz de
permanecer en sí
misma
Plotino
Pero más que perforar, y vaciar,
se pone en juego el acto de profanar. Llegamos a la pregunta de la que partimos, el significante material es Significante profanado. Villarreal habló en un momento del Lado B
de la materia, como lado profano de la materia, su profanación.2 Decir "El lado B" recuerda a una mecánica tecnológica, esa fórmula se usaba antes para hablar de la grabación no-autorizada de un casset. Pero
esto no conduce a hablar de lo meramente inoficial de la materia, las contra-informaciones que se nos ocultan acerca de ella, esa idea no lleva muy lejos. El lado B es
la resistencia de la materia a ceñirse únicamente a todas esas informaciones.
Por medio de esta resistencia de la materia es que puede restituirse, como
propone Agamben, la multiplicidad de usos inherentes a un objeto, llamada en su conjunto, profanación. Las
informaciones atribuyen funciones fijas a un objeto, lo sacralizan, en cambio, la materia sin-forma del mismo objeto se repliega a
los usos infinitos y profanos. La materia es condición de profanación.
Hay múltiples juegos con la mierda en la obra de
Villarreal, ella se presenta, habla, sufre metamorfosis inconcebibles, y es quizá
la protagonista “material” por excelencia. “Esa mierda era un sol viejo, ojo
cortado”. Se trata del juego de la profanación.“Restituir el juego a su
vocación puramente profana es una tarea política” (Agamben, Elogio de la
profanación). Aquí Villarreal traza una restitución a nivel público
(escénico) con el juego de profanar la mierda. La agitada provocación de
uno de los actores donde “el asco podría comprenderse como
descontextualización, un trozo de mierda en el retrete está bien, pero en el
plato da asco,” sirve para alarmar acerca de los dispositivos de ocultamiento
de materiales productivos, poéticos. Agamben mismo llega a la pregunta: “¿Qué
querría decir profanar la defecación? No ya reencontrar una pretendida
naturalidad, ni simplemente gozar de ello en forma de transgresión perversa
(que es sin embargo mejor que nada). Se trata, en cambio, de alcanzar
arqueológicamente la defecación como campo de tensiones polares entre la
naturaleza y la cultura, lo privado y lo público, lo singular y lo común. Es
decir: aprender un nuevo uso [colectivo] de las heces.” Jugar con la mierda que ya es Significante tabú, alienado. En su profanación se profana el propio material del
significante y restituye en él un significante material. Nace el impulso por un lenguaje compuesto exclusivamente de símbolos profanados. De
modo que el Significante se torne juguete, trompo, pieza de ajedrez, valor
supernumerario. El significante material es objeto de juego,
deseante-delirante, y no designador rígido, axiolenguaje de los imperativos del
control.



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