16 de septiembre de 2013
15 de septiembre de 2013
Jaques D'Hont y la inadvertencia de los puntos suspensivos en Hegel
Ilya S. B.
Para Hegel “la filosofía es
el mundo al revés”, en ella se comienza por el final. Así, la
biografía del filósofo tiene que comenzar a ser pensada por la obra
y no por el propio desarrollo de una vida, los acontecimientos han de estudiarse siempre por
sus efectos. En el
caso de Hegel de
Jaques D'Hont, advertimos que el filósofo del Espíritu fue desde
muy temprano después de su muerte, objeto de disputa, pero no como lo es un problema de
interpretación al que cada quien pretende apuntar diferencias por su
cuenta, sino más bien como la muñeca de trapo que entre varias
hermanas termina siendo despedazada. Mientras que los estudiantes
universitarios tiraban del juguete hacia la izquierda, algunos de los
viejos colegas de Hegel se inclinaron por una derecha liberal.
D'Hont señala su postura desde
la exaltación que dirige a los valientes jóvenes que ignorando la
epidemia de cólera que entonces había, escoltan el cuerpo de su
maestro hasta la tumba: “tenían profundas razones para venerarlo,
y dada la situación política y judicial de Prusia, sólo los
entierros ofrecían la oportunidad de manifestarse públicamente.”
Justo cuando algunos querían ya, tras la muerte de Hegel, sellar su
imagen bajo el epíteto de “filósofo de la monarquía absoluta
prusiana”, para relegarlo al archivero de apologetas olvidados, una
oración inesperada, proclamada en público el día del sepelio,
lanza como atributo, la profecía masónica de un destino más
agitado: “estrella del sistema solar del espíritu universal”.
D'Hont forma parte de los narradores parciales, inclinando la balanza
del filósofo del Espíritu, disimuladamente, hacia la revolución.
Sin embargo, para comprobar la
radicalidad de Hegel bastaría con menos que recorrer el camino de su
erudita vida; sería suficiente incluso, con echar un vistazo a unos
cuantos pasajes de sus manuscritos de juventud. Escritos que por
cierto Hegel escondió durante toda su vida, con temor a que le
costara cara su publicación. En el Primer
Programa de un Sistema del Idealismo Alemán (cuando
Hegel tenía apenas 26 años y trabajaba como preceptor para una
familia de masones)
hay una frase
admirable que bien podría utilizarse por igual, para refutar gran
parte de la obra posterior de Hegel: “Sólo
lo que es objeto de la libertad
se llama idea.
Por lo tanto, tenemos
que ir más allá del Estado! Porque todo Estado tiene que tratar a
hombres libres como a engranajes mecánicos, y puesto que no debe
hacerlo debe dejar de
existir.” Si bien
hay otras tesis radicales en sus textos de juventud, reintroducidas
por él subrepticiamente a lo largo de la obra publicada, habría que
reprocharle el no haber reformulado ésta que expusimos. ¡Quién
habría pensado que el Estado se opusiera alguna vez a la Idea, es
decir que la dominación se opusiera a las potencias de la
naturaleza!
Esos textos de juventud
embarrados de un instinto poético y anárquico, tienen, muchos de
ellos, una manera singular de comenzar y sobre ella queremos llamar
ahora la atención. Alguna superstición de escritor obligaba al
joven Hegel a iniciar la primera oración con tres puntos, vgr.
“...una ética.”, “...existe una opocisión absoluta”. Muchos
comentadores omitieron este detalle; mientras que algunos deben
haberlo pasado por alto, otros quizá lo consideraron un gesto para
expresar la intercomunicación del sistema hegeliano.
Acaso serían más pertinentes
los tres puntos suspensivos al inicio de un libro cuando aparecen al
final de la oración, como elemento de estilo, aunque usados con
mayor discreción y buscando excusas para hacerlo, vgr. “En el año
de 18...”; pues así, presagian una aventura que tendrá lugar
dentro de poco. Hegel, al colocarlos al principio, indica en cambio
que algo está por concluir, hay ahí unas “últimas palabras al
respecto”. Hegel toma el dictado del Espíritu, más las primeras
palabras ahora no son tan importantes como las últimas, nos decimos
para nuestros adentros “podemos ahorrárnoslas, más tarde
vendrán”. Los manuscritos de juventud quieren dar una muerte breve
a largas tradiciones de reflexión. Incluso dar muerte a la
filosofía, aunque sea para rejuvenecerla. Quizá habría que pensar
los primeros textos de Hegel, con todo lo que eso implica, justo donde él los imaginó: al final.
1 de septiembre de 2013
Franz Kafka / Da vergüenza decir con qué medios gobierna el coronel imperial....
Brod y Kafka en la playa
...nuestra pequeña ciudad de montaña. Sus escasos soldados podrían ser desarmados en el acto si quisiéramos, y si el coronel quisiera pedir refuerzos —aunque ¿cómo?—, estos tardarían días y hasta semanas en llegar. ¿Por qué toleramos, pues, su detestado gobierno? No cabe la menor duda: sólo por su mirada. Cuando uno entra a su despacho, que un siglo atrás servía de sala de reuniones a nuestros senadores, lo encuentra sentado en el escritorio con uniforme y con pluma en mano. No le gustan las formalidades ni hacer comedia, de modo que no sigue escribiendo ni hace esperar al visitante, sino que interrumpe su trabajo en el acto y se reclina, siempre aferrado a la pluma. Reclinado, se queda mirando al visitante, con la mano izquierda en el bolsillo del pantalón. El solicitante tiene la impresión de que el coronel ve algo más que solamente a él, un desconocido que por un momento ha surgido de la multitud, puesto que, de no ser así ¿por qué lo miraría el coronel con tanta atención, tanto tiempo y sin decir palabra? De hecho, no se trata de la mirada aguda, penetrante, la mirada con que se observarían, por ejemplo, los movimientos de una muchedumbre en la lejanía. Y esta prolongada mirada va acompañada sin cesar por una sonrisa indeterminada que parece ora irónica, ora evocadora de un recuerdo ensoñado.
1920
Extraído de Escritos y Fragmentos póstumos. Ed. Debols!llo.
Traducción: Juna José del Solar, Juan Parra Contreras y Adan Kovacsics.
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