4 de mayo de 2014

Éric Alliez / Hegel y los wobblies


El Estado ha sido reducido a una máquina carente de sentido que sin embargo trabaja; una máquina sin centro que absorbe valor-tiempo y habla el lenguaje abstracto de la movilidad laboral, de la movilidad del trabajo extendido a lo largo del espacio y a lo largo de la vida cotidiana. Los márgenes se encuentran en el centro: en el centro de la asignación de valor, en el centro de la producción socializada. La figura del wobbly resurge bajo la forma del trabajador fragmentado. Una experiencia ampliamente removida de los movimientos obreros institucionalizados se nos manifiesta como la forma de organización actual. El vagabundo, Hegel, en cierto momento, ya no puede explicar o comprender el hecho de que la ausencia de territorialidad (de Poder y de la clase insubordinada) no es equivalente a la territorialidad del Individuo, el Estado, la Política y el Partido Político. En ese momento, quizá, uno puede empezar a entender qué camino han tomando la libertad y la autonomía dentro de la sociedad urbana.
El proceso de asignación de valor sale de la fábrica, se extiende por todas partes: en la ciudad, en el espacio urbano, en la casa, en la existencia de millones de trabajadores y de aquellos que no trabajan como el desempleado, los marginados, los drogadictos, en la proliferación del trabajo de media jornada e informal y en las formas infinitas mediante las cuales el tiempo asigna valor. ¿Qué ocurre con el individuo proletario? La movilidad de la fuerza de trabajo, la ausencia de territorialidad proletaria, la experiencia histórica de los wobblies en los años 20 asciende a miles y miles de trabajadores que se mueven de una a otra parte de los continentes. Una experiencia que escapa completamente a los tradicionales esquemas ideológicos y organizacionales de marxistas, leninistas y sindicatos internos a las fábricas. Las categorías hegelianas de la dialéctica no pueden ocuparse de la realidad de las organizaciones sociales de los trabajadores, la desaparición del obrero, ni las prácticas de un movimiento que rechaza ser reducido a la territorialización de un partido o programa. Bien es cierto que las rebeliones estadounidenses nunca han producido una forma de consciencia de la realidad social tan omniabarcante como la dialéctica hegeliana-marxista, ni una forma de planeamiento político tan omniabarcante como la Insurrección para conquistar el Poder. Una debilidad del movimiento estadounidense, tal como es explicado por el marxismo tradicional, que ciertamente desconoce la historia de este movimiento poco convencional; ¿o será más bien que una sociedad real en movimiento no puede ser reducida a los esquemas formales de un diseño omniabarcante?
No es casual que planteemos hoy esta cuestión. El fin de la fábrica como un lugar central de la explotación; desintegración del tiempo libre, reensamblado únicamente en el continuum abstracto del Valor: en Italia, el Centro de Estudios para la Inversión Social descubrió que los sectores económicamente viables son aquellos en los que los irregulares y los marginados están empleados. La fábrica deviene una suerte de seguro social para los trabajadores improductivos. Es evidente que la forma de organización de la clase trabajadora de los Estados Unidos puede funcionar solamente como una correa de transmisión entre el Estado y las filas de trabajadores improductivos que son siempre asistidos, asegurados y devienen, paradójicamente, parásitos. Los parásitos, tales como los extremistas, los drogadictos, los marginados y los degenerados, son el motor de un alza productiva. Declaramos esto sin la actitud altanera de un patrono, y más bien reconociéndolo simplemente como una derrota política. No fuimos capaces de organizar el movimiento de los trabajadores no-asegurados en un movimiento de libertad, es decir, formando inteligencia autónoma en cuanto fuerza productiva. No fuimos capaces de formar una fuerza autónoma de la movilidad del trabajo y, especialmente, de la inteligencia, la potencia inventiva del joven proletariado y de la juventud educada, quienes son los portadores del saber-hacer técnico-científico. Aquí yace el problema, y debemos comenzar de nuevo.



A partir de la traducción de William Pagnotta, publicada en Italy: Autonomia. Post-Political Politics, Semiotext(e), 1980.

16 de abril de 2014

29 de marzo de 2014